sábado, 8 de junio de 2013

DE CÓMO SE HIZO EL CUBANO




   Con 11,5 millones de almas los cubanos constituyen el mayor grupo humano del Caribe. A diferencia de otros pueblos articulados tras sucesivas olas migratorias, su historia  -la del cubano- ha venido forjando en ellos un sedimento étnico y cultural monolítico.

En Cuba no se emplea otra lengua o dialecto aparte del español (idioma oficial), salvo entre la reducida población de haitianos localizados en el oriente cubano. Tampoco es notable la concentración de una u otra etnia entre tantas que, al fin y con el decursar de los siglos, dio lugar a lo que hoy es el cubano contemporáneo. Existe una comunidad japonesa en la Isla de la Juventud que hasta hace unos años se agrupaba alrededor de una especie de patriarca japonés, Arada San, el último sobreviviente de un grupo que emigró a principios del siglo XX, sin embargo, tampoco “los Aradas”  constituyen una comunidad importante, como tampoco lo es ya, por su número, la de chinos radicada en el antiguo Barrio Chino en Ciudad de La Habana, si bien culturalmente la aportación de estos chinos al complejo de lo cubano nadie discute.

Africanos traídos en el temprano siglo XVI en condiciones de esclavos, y que sumaron millones a lo largo del período colonial, más gallegos, asturianos, valencianos, catalanes, andaluces, vascos y hasta isleños de las Islas Canarias, aportaron, entre otros grupos humanos, los dos ingredientes básicos de la cubanidad: el africano y el europeo. Pero de entre todos, los gallegos ocupan un lugar especial, quizá por el hecho de que fue mayormente celtíbera la última ola migratoria a la isla,  de ahí que aún hoy día a los españoles en Cuba se les llame genéricamente “gallegos”. Al mismo tiempo, árabes del Líbano, sirios y judíos también fueron llegando en sucesivos golpes migratorios, algunos desde la segunda mitad del siglo XIX, asentándose en comunidades más o menos permeables al resto de los habitantes del país.

Así se concibió el hombre en estas tierras y su cultura, a la que el sabio cubano-menorquín, Don Fernando Ortíz, calificó de verdadero “ajiaco”. Y es en ese “ajiaco” donde conviven en la actualidad, magníficamente acrisolados más de medio centenar de denominaciones religiosas, inopinados platos que combinan la fabada asturiana y el arroz, acompañando postas de “chilindrón” de chivo y plátano maduro frito, todo en el mismo plato; giros idiomáticos que recuerdan el castellano arcaico, conjugados con expresiones de indudable origen africano; negros, mestizos, blancos, gente de ojos rasgados y pómulos amerindiados, de pronto, todos primos. En fin, una mezcla de expresiones, atuendos, rasgos y maneras  entrecruzadas y compactadas perfectamente que ensanchan las fronteras de la identidad del cubano.
Pero lo más sobresaliente de este pueblo es su alegría, el carácter festivo que le acompaña casi siempre, y que hace de la música –de su música- algo entrañable para ellos. Cuando un cubano no sabe bailar, lo confiesa con rubor. Si es que no sabe contar un buen chiste, sus compatriotas dudan, ¿no serás polaco, tú?. Su sentido del humor es a veces negro, mordaz; otras ligero, las más, burlón. De todo ríe el cubano. No hay desgracia en este país que pasado el tiempo (a veces inmediatamente) no se subvierta en un chiste callejero. Aquí casi nadie queda a salvo del proverbial humor criollo, desde el presidente del país hasta la madre querida; acaso los santos (orishas) a veces  -y sólo a veces-  escapan de la burla.



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